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Vamos por la calle y un relato en voz en off nos acompaña, dicta una por una nuestras malas decisiones y todo lo que nos ha salido mal: esa reunión que no atendimos, esa carrera que no terminamos, los amigos que perdimos, los enemigos que ganamos, esa relación que ni siquiera tuvimos el valor de comenzar o que la iniciamos para echarla a perder por nuestros miedos o nuestro orgullo o cualquiera de los mil defectos que sentimos que tenemos en ese micro segundo donde lo perdemos todo. La felicidad es ajena, pensamos y tragamos saliva para no llorar.

¿Cuántos hemos estado en ese punto? Ciego, sin retorno, un hueco donde todo parece negativo y sentimos que no merecemos más de lo que tenemos. Baja autoestima, poca tolerancia al fracaso, desamor, desengaño, depresión, ansiedad, soledad…le podemos dar el nombre que se nos de la gana pero salir de ahí parece imposible.

Ahí llegan las frases condescendientes de los que nos rodean «¡Ánimo!» «¡Mejora esa cara!» «¡Vendrán mejores cosas!» y el bla bla bla bla que aunque empático, no sirve de nada y más bien nos recuerda una y otra vez la incapacidad por la que estamos atravesando.

En medio de este recorrido algo se nos atraviesa, un amigo, un vecino, un perro, un gato, un colibrí o un niño del campo cargando un gallo mirándonos a los ojos desde el otro lado de la carretera, un haz de luz, algo que nos toca y en el micro segundo que sigue nos susurra que todavía hay algo ahí por lo que vale la pena quedarse, a pesar del dolor.

¡Ángeles accidentales!

Todos en algún momento hemos necesitado de uno y sin falla ahí ha estado y todos sin saberlo en algún momento nos hemos ganado nuestras alas y una aureola encima de nuestras cabezas.

No es un concepto religioso, es sincronicidad. El momento, la hora, el lugar indicado para sanar al otro o para darle un aliento que lo impulsará a seguir. Sentimos la necesidad de decirle algo a un amigo o hacemos una obra de caridad por alguien, se nos activa un sentimiento que detona un cambio en otro o en nosotros mismos.

Hace poco, en medio de una de tantas crisis que nos acechan en la década de los 20/30, pude encontrarme, en una conversación por chat, con uno de estos seres terrenales, quien sin saberlo me contó sobre un concepto que leí entre lágrimas, para luego interiorizarlo con todas mis fuerzas y, una vez acogido con éxito en mi vida, me entregó el impulso que necesitaba para recuperar mi tranquilidad. Hoy he pensado en compartirlo en este blog con la ilusión de ser lo mismo para quien lo lea.

Le doy todo el crédito al siguiente parafraseo a su mensaje, mis pensamientos y su luz, para que les llegue hoy a ustedes si lo necesitan…

«Se llama el síndrome de la langosta. No sé si lo conoces. Te lo cuento: las langostas son animales muy fuertes, con cascaras muy duras. Parecen invulnerables. Pero a veces, cuando crecen demasiado, sus armaduras se vuelven demasiado pequeñas. Para seguir creciendo, les toca quitar esta protección, mientras se construye otra más grande, más fuerte. Durante este tiempo, no tienen protección… En la vida también hay episodios en los cuales nos sentimos desnudos, débiles, vulnerables. Todo duele más, toca más profundo, Es el dolor del cambio, de la reconstrucción. Pero una vez que pasa ese tiempo, uno está más fuerte, todos esos sufrimientos se han vuelto fuerza, experiencia, todo tiene mas sentido. No sé lo que pienses de esta imagen, parece una filosofía demasiado fácil pero aun, me gusta… Hay personas que se quedan mucho tiempo en la situación de cambio y es una pena porque duele. Pero otras nunca lo hacen, nunca se ponen en dificultad y es una pena también porque no construyen»

El dolor es inevitable y una vez entendemos que al estar en el fondo no nos queda más remedio que subir, la vida encuentra un poco más de sentido.

La tranquilidad de no tenerlo todo resuelto.

¿Por qué hay que tomar decisiones para salir del dolor inmediatamente lo sentimos? ¿Por qué nos decimos los unos a los otros como una promesa que todo estará mejor y que la solución está a la vuelta de la esquina? Pues no, la vida es un campo de entrenamiento y a veces nos cansamos, necesitamos parar, fracasar o simplemente no pensar demasiado y reinventarnos.

Cada decisión que tomamos es la correcta puesto que nos lleva a un camino de aprendizaje. Quitarse la coraza es exponernos a todo el dolor que podemos sentir pero es la única vía para apreciar los momentos de felicidad y de tranquilidad. Estar solo está bien, estar triste está bien, dejarnos y volver está bien, siempre y cuando estemos en movimiento construyendo esa coraza que nos dará de nuevo la fortaleza para seguir.

La búsqueda incansable de la felicidad nos mantiene en negación constante sobre los momentos de debilidad que enfrentamos, ¿Y qué? Y qué si nos equivocamos, y qué si lloramos y nos dejamos vencer, es ahí en este lugar de oscuridad donde podemos reconocer la luz, luz que a veces viene de otros y que nos salva.

¡Siempre tengan palabras amables para los otros, el ángel del día pueden ser ustedes!