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Hay palabras que tienen su raíz etimológica clara, que su real significado es conocido por una gran mayoría, pero que al pasar las épocas son tan utilizadas en distintos escenarios que su significado inicial pierde importancia y el actual parece estar escondido tras intenciones meramente retóricas. Ese es, al parecer, el estado del discurso político en los últimos años; palabras como FASCISTAS o TERRORISTAS son usadas para referirse a los estudiantes, al pueblo en general cuando este levanta su voz para expresar alguna inconformidad o incluso con estas mismas se intenta amedrentar a la oposición,  y es desde ahí donde nace esta pregunta. Si muchos líderes políticos encuentran en nosotros el blanco perfecto para el uso de estas expresiones, ¿sería justo analizar un poco las características propias de los dictadores y compararlos? Yo diría que sí, ya que en la época actual está de moda exagerar.

Dejemos claro entonces cuál es la definición de “dictador”. En la RAE, por ejemplo, encontramos sus inicios entre los antiguos romanos para referirse al magistrado supremo y TEMPORAL, que uno de los cónsules nombraba por acuerdo del Senado en tiempos de peligro para la república, confiriéndole poderes extraordinarios, esta definición hoy en día ha evolucionado en “persona que se arroga o recibe todos los poderes políticos extraordinarios y los ejerce sin limitación jurídica” quedando clara la definición de la palabra como tal, ustedes mismos harán las odiosas comparaciones.

De estas dos definiciones hay algo que no ha cambiado y es el contexto político y/o social en el que tienden a aparecer los dictadores (o quienes desean serlo pero no les alcanza): “Tiempos de peligro”. Su característica más precisa es un discurso carismático que llega a un pueblo en crisis, o peor aún, gritándole al pueblo que se encuentra o está a punto de caer en crisis, se casa con una pelea hacia un enemigo y se proclama el salvador, el miedo es su mejor aliado. “Al César lo que es del César”, el dictador con caballo y espada, con boina y uniforme militar, con poncho y sombrero o con cargo de procurador, llega primero a conquistar al pueblo que luego querrá oprimir.

No hay que irse muy lejos para comprender como un buen orador puede enardecer una plaza pública, mucho se ha querido investigar sobre la psiquis de los peores dictadores que han existido en el mundo y todos comparten algunas características como la neurosis y la paranoia, la ambición por el poder y una evidente obsesión por acabar con un enemigo en común. En Colombia ya hemos tenido quién, desde el poder, supo reproducir sus odios y sus traumas, irrespetó a los poderes públicos, cubrió los crímenes originados por sus políticas, calló con violencia a quién quiso protestar, permitió que la corrupción y el paramilitarismo inundaran sus partidos políticos e intentó perpetuarse en el poder, pero con un discurso tan convincente qué hay quién todavía le llama Sr. Presidente y siguen alimentando su ego pidiéndole que vuelva a dirigir a este país porque él es el único que puede y que “no le queda grande esta guerra”.

Los dictadores crean vínculos cercanos con sus seguidores, les hacen sentir que son parte de una misma lucha, son tan convincentes que el pueblo los ve indispensables, aceptan sus políticas incluso cuando estos mismos afirman que “el fin justicia los medios”, pero ¿qué pasa si el pueblo decide hablar? Allí llega la represión, allí es donde el héroe se convierte en villano. El líder llega con preguntas a buscar respuestas con el pueblo, el dictador llega con soluciones y al que no le guste hará parte del problema.

El Escritor y Periodista Ronaldo Menéndez, en el año 2005 hizo una importante reflexión en la revista de Ciencias Sociales: Quórum sobre las dictaduras latinoamericanas; en su artículo: “El perverso encanto de la corrupción. Perfil y aceptación del dictador latinoamericano” nos muestra como esta figura ha evolucionado en nuestro continente y utiliza una figura bastante interesante sobre la relación entre el dictador y su pueblo, un traspaso hacia lo social del complejo de Electra, comparación perfecta para el pueblo que se enamora de su padre, de su cuidador, de ese salvador que podrá contra cualquier adversidad siempre y cuando el pueblo lo siga. La muchedumbre acepta  que “su presidente se comporte como un padre disciplinante e incluso caprichoso”.

En Latinoamérica han aparecido nuevos regímenes dictatoriales disfrazados de democracia, hay que estar atentos de las señales propias de estos individuos egocéntricos que llegan al poder para quedarse y que poco les interesa después quiénes al poder los llevaron.

¿Sería posible pensar que en nuestra memoria genética tenemos aún la idea de un caudillo liberador, un nuevo Simón Bolívar que sobre su caballo (pero el moderno con un tinto en una de sus manos y sin dejar derramar ni una gota) llegue con todas las respuestas a lo que necesita este país?

A un país lo deben gobernar las ideas, las buenas ideas, no una sola persona con un séquito esperando un puesto o una curul, pero se complica cuando los partidos políticos se preocupan por conseguir votos como sea sin explicar cuál es su real postura frente a nuestros conflictos, este país está en manos entonces de nosotros los jóvenes, no solo los universitarios porque hay buenos líderes comunitarios que no tienen como estudiar. Está en manos de nosotros aprender a votar, a ver las señales en nuestros gobernantes, en dejar de cambiar votos por trabajos, en buscar en las nuevas generaciones de políticos personas capaces de unirse y crear por fin movimientos rescatables, dejar de lamentarnos por la muerte de Jaime Garzón y por fin ¡Por fin hacerle caso!:“Si ustedes los jóvenes no asumen la dirección de su propio país, nadie va a venir a salvárselos” ¡Nadie!