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“Tan a destiempo llega el que va demasiado

deprisa como el que se retrasa demasiado”

William Shakespeare

La alarma despertadora sonó a las siete menos quince, la escuché pero sentí más sueño que en los anteriores días de mi semana laboral —Si me hubiese levantado de inmediato—. No abrí los ojos, saqué las manos de mis tibias y cómplices sábanas, sentí frío, primero en los dedos luego se extendió hasta los brazos, el resto de mi cuerpo seguía a salvo en el calor de mi cama; en ese momento me dejé vencer, las manos volvieron donde estaban y la alarma se confundió con algún sonido de ambiente del quinto sueño al que me entregué.

—Me detengo en ese instante porque, desde donde estoy, a ese punto quisiera volver. Estar ahí, sintiendo la comodidad de esas cobijas y no acá,  tirada en este asfalto frío, recordando y añorando esos quince minutos que dormí de más, que perdí.

Sentí que algo me sacudió y desperté de un salto, aceleré todos mis actos intentando hacerle trampa al tiempo, pero a mi baño, al desayuno, al tráfico, a mi jefe y a mi vida les quedaron haciendo falta ese cuarto de hora.

El día transcurrió apresurado, complicado, con una presión en el pecho y un nudo en la garganta, la velocidad en mi respiración aumentaba y con ella los problemas en la oficina, no conseguí ni siquiera almorzar tranquila, ¿un mal presagio?, una venganza hacia el placer al que me había entregado en la mañana, una especie de recordatorio de que las rutinas no se rompen y si pasa es porque el destino ha intervenido.  La noche llegó y como auto castigo alargué mi jornada y fui la última en salir del edificio, resignada.

El celador me abrió la puerta con un saludo, dos, tres, cuatro pasos distraídos antes de darle las gracias bajando simultáneamente cinco escalones; seis veces llamó mi madre al celular antes de que fastidiada le contestara con siete cansadas y frías palabras—Voy saliendo del trabajo, ahora te llamo— ocho, nueve, diez pisadas y llegué a la avenida; once segundos faltaban para que el semáforo cambiara a rojo, a los doce crucé—trece tragos amargos los que él traía encima— aquél conductor que a los catorce, desquitándose con el acelerador, se llevó por delante mi vida y que más temprano en la mañana algo lo sacudió y lo despertó quince minutos antes  de lo que debía.