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Mejor Crónica Periodística

Festival Tramarte – 2013


El Guavio, una de las 15 provincias de Cundinamarca, la más extensa, pero la menos conocida; epicentro de graves problemáticas socioambientales y paradójicamente dueña de grandes riquezas, entre ellas: el embalse del Guavio y José Joaquín.


Conocer la región exige los sentidos despiertos. Iniciar el camino hacia el embalse es impredecible, la carretera que conduce a este lugar está en pésimo estado. Dos carriles podrían asegurar la segura llegada una vez se toma la vía en el municipio de Guasca, sin embargo en un punto, como una larga serpiente constrictora que asfixia la montaña, el camino se ha de seguir sin más opción que ser tragado por esta y seguir el rumbo por una larga pero delgada curva o caer al abismo.


La naturaleza en esta zona va más allá de los limites de lo majestuoso, la densa neblina previene a los viajeros de llevar un paso tranquilo, una velocidad moderada y los ojos bien abiertos. En varios de sus tramos, la barriga  del reptil se hace pequeña, un nuevo peligro ha de aparecer no solo para la población sino para los que por allí transitan, la actividad minera representada en las volquetas gigantes que se adueñan de la pista, intimidan y ponen en alerta a los conductores, el trayecto es no apto para cobardes, lo más arriesgado se vivencia cuando el animal vial toma cuerpo de lombriz, solo un vehículo circula, los otros esperarán a que éste sea digerido, engorde al animal y continúe el paso.

Después de cinco horas de viaje y a pesar de la neblina empezamos a ver el embalse, la carretera no solo lo rodea, permite mirarlo, perderlo en alguna curva, extrañarlo para luego redescubrirlo desde otro ángulo en una imagen más bella que la anterior, hasta fundirse en él, en sus aguas que se abren paso entre las montañas; se ve cómo las lanchas cruzan de lado a lado dejando una huella que turba su tranquilidad. Pequeños puertos se observan a los lados del embalse, son las estaciones de los campesinos que esperan allí el medio de transporte que une a Gachalá, Ubalá y Gama.

El ruido del motor de la lancha en la que se atraviesa el embalse, acompaña a una suave brisa húmeda, mientras se observa el paisaje imponente de la zona. La utilización de parte de su agua por la empresa de energía EMGESA hace que su nivel esté por debajo de lo habitual, lo que desnuda la tierra usualmente vestida. Esas pequeñas montañas que se ven marcadas por la deshidratación, llenas de grietas, de arrugas, son apreciadas por los navegantes sin despertar gran admiración, los habitantes de la región y los visitantes prefieren ver el embalse lleno. En esta época despierta tristeza, solo  comparable con la piel de un anciano que refleja el paso del tiempo en una permanente soledad.

En Gachetá se respira un aire limpio, cálido y húmedo. El parque principal es tan predecible como en todos los pueblos: el edificio de gobierno se alza como parte del paisaje, en segundo plano. La protagonista es la Iglesia de San Miguel Arcángel, imponente, mirando a sus feligreses, a sus pobladores en espera de la misa, recordándoles que siempre estará en el centro de todo, exigiendo obediencia, respeto, admiración y apareciendo en las fotos de los turistas. El  héroe local, Manuel Salvador Díaz, gachetuno, prócer de la independencia y compañero de Policarpa Salavarrieta en el patíbulo tiene una placa con su nombre al lado de la de Antonio Nariño en el centro del parque, muy cerca de donde otro valiente, pero anónimo, libra día a día grandes batallas en contra de su precaria situación.

Cincuenta y tantos años; piel color tostado, agrietada por el tiempo y las horas de trabajo bajo el sol inclemente, en relieve; sus ojos grandes y profundos, demuestran el cansancio pero también la sabiduría adquirida de tanta buena y mala experiencia. .Debajo de sus brazos habitan un par de muletas y a sus pies un cajón lleno de implementos para lustrar zapatos. Desde una de las esquinas del parque, donde me contaría toda su historia, José Joaquín, con acento campesino, hace una invitación que parece amable y convincente: visitar dos casas más arriba, un restaurante donde venden, según él, las empanadas más deliciosas de Gachetá, las preferidas de los pobladores para desayunar.

En los ojos de José Joaquín se puede ver un brillo de entusiasmo cuando habla de Gachetá. Empieza sin titubeos a resaltar todas las cualidades del pueblo, exalta su clima, según él, éste por ser húmedo y tener la temperatura perfecta favorece la producción de cualquier cosa que se quiera cosechar: papa, plátano, café, frutas, etc.

Toda una vida en el campo, viviendo de la tierra, lo ha hecho conocedor de sus innumerables olores, colores, contexturas, formas y sabores. Como el más experto catador de vinos que domina las variaciones de la uva con exactitud, él distingue un mangostino que allí, por el clima, es verde y con un gusto especial, muy diferente al ya conocido que se da en la región del Tolima. Asegura que en este municipio se dan los bananos más dulces, el café más exquisito, incluso por encima del que se produce en el triángulo del café, habla con propiedad sobre el queso curado que se da en las veredas cercanas, describe con facilidad su sabor salado, consistencia suave, larga duración sin refrigerar y olor peculiar que lo hace único.

Gracias a José Joaquín conocí a doña Patricia, una lugareña morena, de ojos grandes, sonrisa cordial, quien con su tono de voz bajo, convence al turista de ser una de las mejores fabricantes del alfandoque blanqueado, dulce hecho de panela que mediante un proceso artesanal y mucha paciencia se convierte en un aro blanco con sabor a anís que es envuelto en hojas para llegar, finalmente, a las manos del consumidor por dos mil pesos.

El guía forastero, nació en Coyaima (Tolima), donde todavía vive gran parte de su familia. De joven se trasladó a la ciudad de Bogotá donde fue, según él, el fundador de la Defensa Civil del Norte hasta que la falta de un sueldo lo obligó a retirarse. Como ningún profeta en su tierra, aunque vive en Junín, municipio aledaño, desde hace diez años viaja todos los días hasta Gachetá para ofrecer sus servicios como lustrador. Su labor no solo es embellecer el cazado de los gachetunos, con su carisma y sus historias maravilla al turista desde la primera impresión, contagiándolo de su amor por la capital del Guavio. El sentido de pertenencia de este coyaimuno podría compararse con el sentimiento de un extranjero que se enamora de Colombia y decide, sin riesgos, residir en ella.

En la esquina del parque entre charla y charla, José Joaquín poco a poco fue dejando la postura de promotor turístico para sincerarse más con la crítica situación que vive esta región. Este hombre de estatura media  y de gran sonrisa, da consejo a quien lo solicite, desde sus clientes hasta adolescentes del municipio, algunas de ellas, comenta, lo han buscado con la angustia de saberse inquietas sobre cómo comentarle a sus padres que la tan anhelada transición de niñas a mujeres ha dejado como consecuencia una maternidad prematura.

El desempleo, la falta de oportunidades y el escaso comercio en Junín, hacen de la plaza de Gachetá un lugar más inspirador para José Joaquín, quien día a día se esfuerza para sobrevivir con el que considera es su propio negocio, su boleto directo a una vida sin jefes ni horarios. Solo necesita de su cajón para lustrar, una silla y una esquina del municipio que lo cobija, a veces con un buen clima, para recrear sus sueños de empresario.

Ha trabajado en construcción de casas y edificios; pinta fachadas, las convierte en reflejos de los zapatos que lustra todos los días, las repara, las pule y las hace brillar. Conoce sobre medicina tradicional, con solo mirar da un diagnóstico y la planta que se debe utilizar para atender cualquier mal. Le basta con saber un signo zodiacal para describir a la persona con exactitud y dar un consejo acertado. Atiende partos, aunque ya no dejan ejercer este oficio, cuenta cómo ayudó a ver la luz primera a varios gachetunos. Todo es posible para este hombre.

Semanas antes cuando se encontraba pintando uno de los restaurantes del centro,  se sumó una mala jugada del destino, una escalera en mal estado y un paso equivocado, cayó y se lesionó la pierna izquierda; de ahí que ahora estuviera en muletas para mejorar su movilidad.

Hablando sobre su accidente confesó con voz fuerte, pero con partículas de decepción, que quien lo había contratado no le había reconocido el trabajo realizado hasta el momento de la caída ni mucho menos se había preocupado por su estado de salud, aún así lo recomienda como el lugar perfecto para comer deliciosas arepas y disfrutar de un buen desayuno.

Al hablar de su familia sus ojos, postura y hasta el tono de su discurso cambia. Notablemente afligido habla de sus dos hijas, ninguna de ellas vive con él ni lo visita. Su soledad se atenúa. Aguanta las lágrimas. Con dolor los excusa, ellos tienen una vida hecha en Bogotá y en la capital probablemente la rutina no permite un momento para llamar a un pueblo tan lejano y olvidado. Los extraña.

Miró y sonrió, me dijo que me parecía mucho a su hija menor, recordó que ella a veces sí se acordaba de él, confesó que lo había llamado hace varios meses, y haciendo honores a su extrovertida personalidad, le había hecho ese día muy feliz. Calló por unos segundos más, de nuevo volvió la tristeza -ojalá me visitaran más seguido-.


El vacío en el corazón de José Joaquín y la ausencia de agua en el embalse,descubre la consecuencia de prescindir de lo que nos hace falta. La tierra y la piel se tornan áridas y opacas; esqueletos de árboles aparecen en las riveras y marcas de vejez en el rostro del padre. Cuando las aguas retornan, se esconden las grietas; el paisaje cambia, sonríe, recobra  vida, belleza y fuerza. Cuando los hijos visiten al padre seguro ocurrirá lo mismo.