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Érase una vez una familia: Los Normal, que vivían en una ciudad: Villa Normal, capital de un país: Los Estados Normales de Quién Sabe Quién, habitantes del Planeta Diferencia.
En este apropiado lugar sus habitantes hablaban igual y se comportaban igual. Le pedían cosas a un Dios por medio de unos intermediarios quienes, a cambio de bendiciones, recibían la plata de los normalitos (gentilicio de la buena gente de este buen lugar) pero lo más importante y más rescatable de esta honorable sociedad era que, gracias a las órdenes del ser supremo, todos en Villa Normal: amaban igual.
Un Normalito nacía, se le daban todos los códigos de conducta que debía seguir en la sociedad normalense. Crecía con vigilancia constante, bajo la lupa del Dios, bajo las normas de los intermediarios (y a veces de sus manos también pero de eso no se habla). Con suerte el Normalito llegaba a la adolescencia (etapa rara donde el demonio asechaba con cara de lujuria), al llegar a la adultez conocía a una que otra normalita y se quedaba con la más bonita y calladita. En la noche donde los intermediarios les daban el visto bueno, ante los ojos del supremo, ellos…ellos… ¡bueno! eso no se va a mencionar porque de esas cosas tampoco se hablan en Villa Normal, solo sabemos que de ahí se daba naturalmente y como lo disponen todas las leyes divinas (que todavía no es muy seguro de dónde vienen pero existen como existe todo lo que no sabemos de dónde viene) un hijo y nacía una familia, una familia divinamente y correctamente constituida.


La familia de Los Normal era como cualquier otra: Don Petardo Normal era un caballero ilustre, con COSAS bonitas: Una casa bonita, un carro bonito y una esposa bonita: Doña Sumisita de Normal. Los hijos de esta pareja eran el ejemplo del pueblo: Virgencita Normal y Petardo Junior eran dos jóvenes destacados, con las mejores notas y una sonrisa, una sonrisa más bien normal.
Solo una cosa distinguía a esta familia de los demás normalitos y era que Don Petardo gozaba de un cargo político importante, él tomaba decisiones muy relevantes para los intereses de los habitantes de Villa Normal. Decidía, por ejemplo,  a qué horas se tenían que bañar los normalitos y cuántas veces a la semana debían hacerlo.
 Decisiones tan determinantes no se pueden tomar a la ligera, él tenía, por ejemplo, que estar al pendiente de la economía de su gran amigo Don Aprovechado, dueño del acueducto, quien le avisaba al influyente político cuando quedaban pocos normalines en su cuenta (moneda oficial de Villa Normal) y en seguida Don Petardo, muy eficientemente, decretaba una ley donde todos los Normalitos debían asearse el doble. ¡Que buen líder era ese Petardo!
Un día se presentó un brote de una enfermedad extraña, dos muchachos por causas médicas o del demonio (porque solo estas dos podrían explicar tal anomalía) empezaron a sentir una extraña sensación cuando se miraban a los ojos, este no fue el único caso, al poco tiempo varios jóvenes de la ciudad y del país, tanto hombres como mujeres, sufrían de un asqueroso mal: se enamoraban entre ellos sin distinguir género.
La comunidad normalense estaba escandalizada, horrorizada, preocupada. ¿Qué pasaría con todo lo que habían construido moralmente? El Dios mandaba mensajes constantes por medio de los intermediarios condenando a los que habían resultado contagiados.
Al principio se pensó que era un virus y se aisló a los enfermos; las familias de estos estaban destrozadas, eran humillados y el blanco de las burlas de la ciudad, pero las personas que habían tenido algún contacto con los infectados no sufrieron los síntomas, así que se descartó el virus. La única respuesta posible era que todo era obra del enemigo del Dios de los normalenses; se les hizo un exorcismo a los poseídos pero nada, ¡Nada funcionaba!
Para distinguir a los afectados por este terrible mal se les puso un nombre en la frente: “Los Anormalitos”.
Los Anormalitos se cansaron de tanto examen y de tanta discriminación; políticos, también influyentes, decidieron contar que desde hace mucho tiempo sentían los síntomas, y ¿Qué síntomas? Su condición no era una enfermedad, si se habían contagiado de algo era, sin duda, de valentía.
En Los Estados Normales de Quién Sabe Quién había gente con un pensamiento diferente, que no estaba dispuesta a ser aislada nuevamente ni a verse atacada por los demás, en todas las ciudades había parejas del mismo sexo enamoradas pero sin derecho a casarse y a formar familias normales.
Empezaron a unirse, a organizarse, a movilizarse y los que estaban en contra de tal aberración, también. Don Petardo lideraba el partido político de las buenas maneras e iba por toda Villa Normal promoviendo el odio y el rechazo a esa gente extraña salida de las correctas costumbres, de la intachable moral, ¡DEL CLÓSET!
Se inició una gran controversia, se abrió una ventana al planeta diferencia y se vio que en todos los países existían relaciones entre pareja catalogadas como diferentes, el partido político de los anormales investigó en otras latitudes para mostrar a los ciudadanos que, en otras  partes,  su condición ya era aceptada. Le abrieron los ojos a muchos que empezaron a aceptar este nuevo pensamiento, pero el gobierno de Los Estados Normales de Quién Sabe Quién, no estaba dispuesto a ceder.
De tanta presión que se ejerció, se abrió el debate, se inició una ley que permitiría a los Anormalitos no solo casarse y expresar su amor libremente sino a tener herramientas para defender sus derechos y que estas parejas tuvieran acceso a cosas tan importantes como la salud, la pensión, el reconocimiento social entre otras.
Los anormales ya no querían ser llamados de esta manera así que decidieron poner otro nombre a su movimiento y todo aquel que se refiriera a ellos y se identificara con su pensamiento los llamaría: La comunidad LIBRE.
Al empezar a hablarse de esta posibilidad las cosas empeoraron, se presentaron ataques violentos a las personas que compartían ese pensamiento, se originó un conflicto entre quienes apoyaban a la comunidad LIBRE y quienes no estaban de acuerdo. Los intermediarios aportaban versículos de un libro antiguo para defender a quienes atacaban a las parejas del mismo género.
Don Petardo fue uno de los escogidos para participar en el debate nacional que se llevaría a cabo frente a la aprobación de la ley, él hablaría a toda la comunidad normalense sobre los peligros de que hubiera gente por ahí queriendo pensar diferente y queriendo amar diferente.
Don Petardo tenía argumentos tan claros como que el sexo (así se le dice a lo que se hace en las noches de boda que no se menciona en Villa Normal) solo debía ser para fines reproductivos y no recreativos, doña Sumisita se sonrojaba al recordar como su esposo se divertía con ella y de esta recreación no siempre nacía un normalito y se aliviaba en silencio de esto.
 Los argumentos de la comunidad LIBRE eran descabellados para Don Petardo, ¿Igualdad de derechos? ¿Qué era eso? si en Villa Normal ni siquiera respetaban los derechos de las mujeres o personas de diferente raza.
Todos los ciudadanos de Los Estados Normales de Quién Sabe Quién estaban divididos y confundidos, no sabían muy bien a quién apoyar y aunque muchas veces sus conciencias los hiciera pensar que los “Anormalitos” perdón, la comunidad LIBRE tenían derechos, recordaban que su Dios no estaba de acuerdo y preferían callar y acogerse a la mayoría.
Un día la tragedia tocó a la familia de Don Petardo. Petardo Junior había hecho un viaje a un país lejano llamado: Derecho. Regresó, pero ya no era Petardo, se había convertido en ANA JUSTICIA y era ¡DIVINA! Petardo al verlo se desmayó, sufrió un pre infarto, su hijo, su varón, el que prolongaría su apellido, el que le daría nietos (pues a Virgencita un día al darse cuenta que no era tan virgencita la mandaron de monja) ahora defendía la causa anormal, y no solo la defendía era imagen de ella, era el vivo retrato de la diferencia, de la justicia y de la libertad.
Sumisita de Normal amaba a su hijo sobre todas las cosas, ya había callado mucho, a ella también la discriminación le había vulnerado más de una vez sus derechos. Apoyó a su hijo que ahora era hija. Don Petardo estaba aturdido, ahora él era el que sufría el señalamiento de quienes apoyaban su iniciativa, todos se preguntaban de donde habría heredado las mañas ese muchacho y miraban al político ahora con desconfianza ¡Quién sabe en qué momento saldría él también del clóset!
Don Petardo, ofendido, dolido y humillado no sabía qué hacer. Miraba a su hijo que ahora era hija y era hermosa y delicada y sentía unas inmensas ganas de abrazarlo o abrazarla pero de inmediato venía el asco, ¿Asco por su propia sangre? ¡De ninguna manera!
El conflicto continúa, ninguna de las partes ha logrado llegar a un acuerdo, hay mucha confusión sobre lo que debe ser una familia, sobre lo que dictan las leyes naturales, las divinas y las terrenas.
El planeta Diferencia hoy en día está haciendo grandes esfuerzos para acabar con este conflicto, para acabar con la violencia y la discriminación hacia personas que un día decidieron simplemente amar a otra, o que decidieron vestirse y ser diferentes a como lo imponen los estereotipos de la sociedad, así como cuando alguien elige que le gusta más la pelirroja que la pelinegra, los hombres altos que los bajos, la carne en vez de verduras, la razón en vez de la religión, la aceptación en vez de la discriminación.