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Muchas veces había escuchado hablar de este tipo de cursos, hasta había visto una que otra imagen en la televisión de mujeres aprendiendo a hacer fuerza para la hora del parto y cómo en estos se preparaba al hombre en el peligroso arte de cambiar pañales y a resoplar encima de su esposa fingiendo, inútilmente, que le ayuda a respirar para que puje, pero ninguna de las referencias que tenía me habría preparado para esta divertida y provechosa experiencia.

El sábado pasado asistí a uno con todas las expectativas y mientras que pasaba esa larga hora no dejaba de pensar que tenía que compartir en este blog los conocimientos adquiridos o por lo menos los más relevantes.


Primero quiero aclarar que la primeriza no era yo. Si próximamente fuese a ser mamá el primero en saberlo sería, seguramente, este blog. ¡sí, incluso antes que el mismo papá! Definitivamente creo que él se enteraría por una entrada. Sería más sencillo para mí escribir unos párrafos contándole la noticia que darle la cara, decírselo de frente con voz entre cortada, lágrimas, después un abrazo de alegría, palabras cursis impulsadas por las hormonas que ya me habrían vuelto una llorona ultrasensible, (suponiendo que  no haya sido un ‘desliz’) en ese caso, la penosa cara de preocupación del padre confundido y un – ¿Y qué vamos a hacer? – No, yo le escribiría algo donde le dijera el sentimiento que me produjo ver las dos rayitas en la prueba (sé lo que están pensando y sí, sí me he hecho una antes y qué) lo que imagino él debe estar sintiendo y lo que para mí serían los pasos a seguir y listo.

Para su tranquilidad y la mía el curso al que asistí era el de mi hermana Lorena Ospina, sí esa misma. Si usted es un lector habitual sabrá de quién hablo o si lee en mis entradas anteriores se enterará de lo mucho que la amo y lo mucho que le debo.

El día anterior al curso mi cuñado y yo habíamos bebido no menos de una botella de aguardiente y con un poco de: guayabo, resaca, ratón, síndrome de abstinencia, intoxicación etílica o cómo sea que le digan ustedes, partimos hacia la clínica.

Los tres teníamos las mismas expectativas: Laura sería la encargada de tomarles fotos mientras ellos, los ansiosos padres, aprendían a ponerle el pañal a un bebé de plástico, harían ejercicios con un balón de Pilates, respirarían el uno con el otro en un inhale y exhale veloz, y aprenderían trucos para hacer el parto más llevadero; lo que no sabíamos era que estos no son los únicos temas importantes a la hora de hablar de embarazos, simplemente son los que parecen ser más divertidos o por lo menos prácticos.

Llegamos a la clínica. Tres inexpertos que esperan a su primer hijo, a su sobrino. Tres personas ansiosas por saber más sobre el día en el que recibirán a Nicolás, pero más ansiosas aún por saber dónde era que se dictaba el dichoso curso.

Empezamos a utilizar todas nuestras habilidades investigativas y como quien sigue los rastros de miga de pan, seguimos a unas mujeres embarazadas entrando a un auditorio y sí, allí era.

Las sillas estaban dispuestas en filas de dos sillas, así que cada mamá se sentaba con cada papá; yo me hice en la fila siguiente de la de mi hermana y en la otra una madre algo mayor y sola, éramos las únicas impares y no pude evitar pensar lo que se sentiría ver filas completadas por parejas esperando a su hijo y uno ahí sentado, observado por todos, sabiendo que entre susurros se preguntarían dónde andaría el papá y uno preguntándose ¿Sí, dónde andará?

Casi todas las barrigas eran del mismo tamaño, olía mucho a alcohol. Hedía a una limpieza tóxica, fuerte, a hospital. El mismo olor de cuando iba a visitar a mi abuelo que este año cumple 5 años de fallecido, el mismo de la sala de cuidados intensivos donde el año pasado vi por última vez a mi difunta hermana, el mismo que en los primeros días de junio estaría presente cuando recibamos a Nicolás. Un olor a muerte pero también a vida, aunque la mayoría diría que era solo alcohol.

Llegó la enfermera jefe y empezó a hablarles a las mamás, yo me quedé de infiltrada, era la única mujer entre las espectadoras que por el momento no necesitaba del curso, pero sí necesitaba calmar la curiosidad de lo que en ellos realmente se hacía.

Después de una breve introducción, de felicitaciones y de hermosas frases sobre el significado de ser mamá; la enfermera nos da la noticia: el curso profiláctico se divide en temas, cada sesión es diferente y en todos se aprende algo nuevo; sonaba prometedor hasta que con una gran sonrisa nos dijo “El tema de hoy será sobre planificación familiar”.

La reacción de las madres y de los padres además de genérica y simultánea fue graciosa, el padre sonrió y la madre miró o tocó su barriguita como diciendo ¿Y ya para qué? Mi hermana y mi cuñado no fueron la excepción, estallamos en risas hasta que la enfermera explicó que lo que pretendía era que al terminar el embarazo no como diría mi abuela “desarrugaran la sábana para volverla a arrugar” es decir, que si ya habían metido las patas pues que no lo volvieran a hacer y que si por el contrario el hijo había sido planeado que el próximo lo fuera igual.

Por mi parte pensé en prestar atención, creía que era un tema que a mí por lo menos en esa sala me llegaba a tiempo.

La enfermera hizo una clara explicación sobre la diferencia que existe entre desear un hijo y planearlo, las estadísticas de embarazos deseados pero no planeados y peor aun los que no son ni lo uno ni lo otro. Nos mostró como los colombianos confundimos estos conceptos en varios contextos de nuestras vidas: Usted puede desear pagar una deuda o llegar temprano a un lugar, pero ¿hacer todo un plan para que esto suceda dentro de un plazo que usted se fija? ¡Eso no lo hacemos! Igualmente, usted puede desear tener un hijo algún día, pero que lo planifique para el diciembre que viene es diferente.

Ahí se me vino a la mente llamar a mi mamá y decirle, mamá ya lo sé todo, fui deseada más nunca planeada, soy una colombianada.

Debo confesar que no me sentí incómoda hasta que empecé a notar que cuando la enfermera hablaba de madres solteras adolescentes, las demás mamitas me miraban de reojo.

La charla fue muy amena a decir verdad, para las mujeres. Lo más interesante de analizar era la conducta de los papás.

Cada uno tenía una manera diferente para fingir que estaba prestando atención, pero en el momento que su compañera se dirigía a ellos para pedirles algún aporte en la charla todos hacían el mismo gesto, un saltico como cuando lo descubren a uno distraído. Todo el tiempo se veían desesperados y sacando constantes excusas para salir del auditorio casi siempre la respuesta que recibían era una mirada de un rostro que sin pronunciar palabra gritaba ¡Ni se te ocurra, me lo aguanto yo, te lo aguantas tú!

De pronto si algún papá decidía prestar atención, se encontraba con que en ese momento se estaba hablando sobre los peligros de la infección del dispositivo, como se introducía, por qué existe la menstruación y qué la compone, cuál era el anticonceptivo que no secaba la leche materna, hacía muecas y mejor se volvía a distraer. Uno de los papás logró escapar ofreciéndole un café a su esposa y al salir miró a todos los demás hombres con una sonrisa triunfante como diciendo, ustedes se quedan yo me largo, efectivamente no volvió hasta que terminó la charla y sin el café.

Después de todas estas explicaciones detalladas sobre el cuerpo femenino, vino una ronda muy interesante, la de los mitos sobre la anticoncepción. Fue muy interesante saber que, por ejemplo, la enfermera atendía casos tan raros como gente que llegaba milagrosamente embarazada pues su método de anticoncepción era la tan supuestamente infalible: pepa de aguacate, hubo un gran silencio y miradas de curiosidad hasta que la enfermera aclaró que la hervían y se tomaban el agüita, en ese momento todos soltaron un ¡aahhh! Y ¿cómo más podría ser utilizado? a mí se me ocurre una manera por lo menos más efectiva.

Otro método del que habló fue el del “violinazo”. Sí, imagínense un violín, dejen volar su imaginación y sí, eso es; este método es tan efectivo como el de la pepa del aguacate ya que según nuestra profesora de cómo disfrutar sin lamentar, una niña virgen había quedado en embarazo de esta manera y no precisamente por el espíritu santo.

Habló también del “Bluyinazo” es más efectivo que el anterior pero lo que me pareció curioso fue que lo catalogó como un “mito anticonceptivo nuevo” y aseguró que se lo habían inventado en los colegios de hoy en día. Creo que ahí hay un problema de derechos de autor porque ese método existe creo que antes que el coito interrumpido. 

Del famoso “ritmo” nos explicó que las hormonas de las mujeres son tan fluctuantes que hasta la más mínima sensación podía cambiar todo nuestro ciclo menstrual, así que si usted es de las que ha planificado con ese método le digo lo mismo que le dijo la enfermera a una de las mamitas que abogó por su eficacia ¡Pura suerte!

No les voy a hablar sobre las pastas, las inyecciones, el condón, los dispositivos, entre otros porque este blog no es de educación sexual, pero si les voy a contar que lo interesante de esta experiencia es evidenciar lo ignorantes que somos en este tipo de temas de los que hablamos a diario (o practicamos a menudo) por mi parte siento que fui la más beneficiada de este curso y ya decidí cual es el método que voy a utilizar cuando se me acabe esta soltería.

Por el lado de mi hermana escuchó con atención toda la charla y su cara de curiosidad nos hizo a mi cuñado y a mí aguantar como dos valientes la charla; mi cuñado fue el mayor ejemplo de valentía, él únicamente se limitaba a escuchar y a hacer caras cuando la enfermera explicaba con detalles alguna secreción del aparato reproductor femenino. Al llegar a la casa mi hermana nos confesó que también quería salir corriendo.
Al terminar el curso dieron la fecha del tema “preparación para el parto”, este se dictaría el 20 de junio y ese tema como el de la planificación familiar le llegó tarde a mi hermana pues Nicolás Klugerman Ospina nacerá el 1 de junio.