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1992, el año en el que: César Gaviria era presidente y el 17 de febrero comenzaría a funcionar la corte constitucional (principal invento de la carta del 91); estallaría una crisis energética y cortarían la luz a diario por dos horas; Pablo Escobar se fugaría de “La Catedral” y reanudaría los ataques terroristas; el mismo año en el que: el 29 de Noviembre Gun’s ‘n Roses visitaría a Colombia.

El 12 de febrero a las 11 y media de la mañana, Martha Helena García tuvo por cesárea a una niña que llamaría: Laura María. Según los relatos de su madre nació por cesárea porque, por lo visto, ella no tenía deseos de hacer algún esfuerzo para nacer y decidió que si el mundo la quería conocer, ¡pues que el esfuerzo lo hicieran los demás! Ella, tal vez, presentía que la vida a la cual asomaba no sería fácil, entonces, guardó sus esfuerzos para cuando realmente los necesitara.

Lázaro Ospina esperaba muy ansioso junto con la abuela. Según los relatos de Miryam Loaiza, él no dejaba de caminar de un lado al otro y cuando desde afuera escuchó llorar a su hija menor, la abrazó con esa alegría en sus ojos que tan bien sabe expresar (se le dilatan mucho las pupilas, los ojos  se le ponen más claros y pareciera que sonriera con ellos y que de repente va a romper a llorar9. Salió una enfermera con una pequeña envuelta en una cobijita y el padre exclamó: “es igualita a mi santa madrecita”.


Martha Helena había engordado 14 kilos en el embarazo y por eso, al ver a la bebé, todos quedaron sorprendidos. Esperaban a una niña morena y grande, pero era blanca, con muy pocos kilos, una naricita, una boquita y dos rayitas que parecían ser dos ojos rasgados, “parecía un dibujito de lo pequeñita y bien hechecita que era”.

Años después descubrirían que Laura no venía sola, iba a ser gemela pero algo ocurrió durante los primeros meses de gestación, su hermana gemela no pudo continuar y Laura siguió sola su camino.

¡A LA UNA Y MEDIA DE LA TARDE LLEGÓ UNA VISTA ESPECIAL!

Lorena Ospina era, hasta ese día, la menor de la familia. Tenía muchos hermanos muy grandes para jugar con ella, tenía ocho años, pelo negro, ojos oscuros y unas ganas enormes de conocer a su hermanita. Ese día no fue al colegio, le dieron permiso de faltar. Se la pasó toda la tarde en casa de su abuela esperando la noticia, su abuela llegó por ella y la llevó al hospital, según sus palabras no paraba de imaginar cómo era ese bebé, no podía disimular la ansiedad, su mayor anhelo en ese momento era conocer a su regalo de niño Dios.

Lorena era consentida y muchos meses atrás, en una decisión que cambiaría su vida, decidió no pedirle al niño Dios juguetes, ni ropa, ni nada. Ella solo quería una hermanita, alguien con quien jugar, a quien guiar, a quien servirle de ejemplo toda su vida, alguien a quien contarle todos sus secretos sabiendo que estaban seguros bajo un pacto de complicidad que solo da el compartir la misma sangre

¡A Lorena le debo ese día y a Lorena le debo mi vida!

La hermana pasó toda la tarde observando a su hermanita, no se le despegaba, no dejaba de mirarla. Lore me ha confesado varias veces: “no te podía dejar de mirar, me la pasé toda la tarde observando todo lo que hacías” mi mamá siempre me cuenta: “no te dejó ni un instante, tal vez presintiendo que desde ese momento te ibas a convertir en su eterna compañía” hasta las 5 y media de la tarde duró nuestro primer encuentro.

Este día me lo han relatado muchas veces mis familiares, todos coinciden (y le doy gracias a Dios por esto) en la felicidad de todos los que me recibieron y ese amor profundo que desde el primer día me demostraron.

Llegué a una familia inmensamente grande: en número y en amor; a los brazos de unos padres dedicados y de la mejor hermana que el cielo me pudo regalar.