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Amanecía. Era  sábado 30 de marzo del 2013 y todo parecía muy normal pero: no era un día cualquiera; después de tres meses me reencontraría con mi amiga, mi fuerza, mi apoyo ¡Mi madre! Ella en Bogotá y yo en Cogua. La distancia entre las dos era de una hora y cuarenta y cinco minutos aproximadamente, lo más cerca que habíamos estado durante esos meses.

Normalmente nos separan ocho aburridas horas en autobús o cuarenta y cinco minutos en avión; mi madre en un arranque de sentimentalismo, y de locura también, había decidido acortar la distancia que la separaba de sus dos hijas, terminar con el sentimiento de impotencia de no poderlas ver ni en semana santa y acabar con el martirio de no ver crecer la gran barriga de mi hermana mayor, quien para ese día tendría 7 meses de embarazo, se embarcó en el largo viaje y desde el eje cafetero, llegó a Bogotá el día anterior a las nueve de la noche.

En mi maletín metí alguna ropa, me sentía nerviosa, como quien va a cumplir una importante cita ¡Y así era! Siempre que me reencuentro con mi madre es un evento que empieza con un abrazo que pareciera infinito, unas cuantas lágrimas, seguido por un café y el: “punto, cadeneta, chisme” ¡Como se oye de bonita esa expresión en boca de mi madre!

El paisaje que se aprecia desde la casa de mi buena amiga es hermoso pero ese día tenía un ingrediente particular, todo parecía más bonito, más brillante, más cursi. Debo confesar que la noche anterior se me dificultó un poco conciliar el sueño, había tenido una fuerte pelea con alguien que consideraba mi “amiga” y cuando intenté dormir, solo pensaba en que nada importaba y que solo necesitaba un abrazo de mi madre para saber que todo estaba bien.

Con el corazón un poco triste, pero esperanzado, realicé el viaje desde Cogua hasta Bogotá, escuchando música pero, esta vez, las letras que me recordaban a mis padres no se me hacían tan tristes y nostálgicas como de costumbre, por el contrario me sacaban una sonrisa y me llenaban de impaciencia.

Olvidé desayunar, el café de la mañana e incluso mi cepillo de dientes, era un ente que solo añoraba un momento.

Viajaba en un bus de Transmilenio y solo pensaba en la pelea de la noche anterior, en lo irónica que suele ser la vida: de quien menos te lo esperas, en el momento que menos lo necesitas recibes una puñalada, a quien un día le contabas tus secretos y conocía tus debilidades, sin razón las usaría para atacarte.

No era la primera vez que alguien me decepcionaba y eso no hacía las cosas más fáciles, por el contrario, me hizo sentir por un momento que la amistad es algo imposible de conseguir, que no debía confiar en nadie y que la soledad es menos ingrata que la falsa compañía; entonces, el bus paró en una estación; se subieron dos muchachos, uno de ellos llevaba una guitarra, el otro empezó a hablar e interrumpí  la reproducción de la música de mi celular para saber qué decía, y ahí, como la más hermosa de las coincidencias, como si supieran la vida que alegrarían, el cantante dijo con una gran sonrisa: “Nosotros venimos a contarles que Dios los ama” y cantaron una de esas canciones cristianas, que en otras circunstancias no escucharía, pero que en ese momento me hizo sentir que cuando se tiene fe en Dios no se pierden amistades, es él el que nos está apartando del camino lo que de nada sirve.

Después de esta experiencia (algo patética y religiosa, lo sé) bajé del Transmilenio y subí desde la caracas hasta la carrera cuarta en tiempo record; fue cuando llegué a la puerta del edificio de mi hermana cuando me percaté que estaba muy agitada y que había subido corriendo.

Toqué el timbre, se abrió la puerta y allí estaba: Más canosa que cuando la dejé en el terminal de Manizales, hermosa, morena, con los brazos abiertos, con esos ojos y esa sonrisa que tanto extraño ver cuando termina la jornada, esa sonrisa y esos ojos que me dicen que todo va a estar bien y que se mueren por saber todo lo que me ha ocurrido.

Me lancé a los brazos de mi mamá, donde no tengo ni idea cual es mi edad, que es lo que estudio ni a que fue a lo que me vine, donde me siento una niña chiquita que tiene todo el derecho a hacer una pataleta, en el único lugar donde me atrevo a llorar.

Entre “como me hace de falta”, “como está de bonita mi niña” y “¿mami no me trajo una botellita de Cristal?” nos limpiamos las lágrimas y reímos por lo ridículas que somos (mi mamá y yo padecemos de una extraña repelencia a lo demasiado cursi y somos al mismo tiempo un par de patéticas románticas cuando nadie nos ve). Ahí empezó el habitual escaneo de mi mamá; comprobando que, sin sus cuidados, mi ropa no lucía del todo limpia, mi maletín no mostraba su color original, me había puesto el saco que a ella menos le gustaba y estaba más delgada que cuando me dejó en el terminal de Manizales. Debido a una situación (actualmente ya solucionada) por esos días todo en mi vida andaba revuelto y mi mamá solo me tenía que mirar para percatarse de esto.

Comenzamos desde ahí  el “desatrase” de esos largos meses, me hizo un café de esos que solo ella sabe preparar y me dispuse por ese día disfrutar a mi madre.

Hoy con un nudo en la garganta les cuento que fue solo el resto de esa tarde, la noche y medio del siguiente día lo que necesitó mi mamá para recomponerme la vida, dejar como nuevo el maletín y hacerme quitar mi saco; solo unas cuantas horas para recargarme las baterías hasta el próximo encuentro, donde espero esté también mi padre y así,  los nervios, la nostalgia, la ansiedad y las lágrimas serán dobles. Un encuentro que haga de ese día tan especial como lo fue ese 30 de marzo de 2013.