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Miércoles 27 de enero del 2013, salgo de mi casa como acostumbro: muerta de sueño y con unas ganas infinitas de encontrar un puesto vacío en el Transmilenio. Mi meta es irme sentada escuchando música, y así, evitar el incómodo odio que siento por este medio de transporte cuando viajo hasta el portal norte apeñuscada y evitando golpes en las prudentes frenadas de los hábiles conductores.

Camino a la estación de la 63, desde la 7a hasta la bonita y segura caracas, sin imaginar la sorpresa que traería el retorno por esta misma, horas más tarde.


Llego a la estación de la 63 sin complicaciones, saludo a la señora: «Buenos días» y ahí vendría la primera sorpresa del día, ella alza la mirada y me responde amablemente un: “Buenos días” sospecho pero le devuelvo la sonrisa, le doy la plata para que recargue mi tarjeta de usuario frecuente y continúo.

El primer bus que llega es el b-13, hay un puesto en la ventana y éste es el segundo acontecimiento extraño del día (ahí ya debí sospechar). Me siento rápidamente y empieza el viaje de una hora y media aproximadamente hacia Zipaquirá, mi destino obligado de lunes a jueves, acompañada por la música de Franz Ferdinand, Calle 13, Guns and roses, La quinta estación, Amaral, James Blunt, Shaggy entre otros porque sí, así de variado es mi gusto musical.

El día continúa sin sobresaltos; en la clase del profesor Sergio Alvarado se habla sobre la asertividad, empatía y escucha activa. Conceptos que debería tener más presentes a la hora de intentar comunicarme con mis compañeros de semestre y con la humanidad en general.

Hacemos algunos ejercicios para entender los diferentes tipos de conflicto y no puedo evitar pensar en el grupito de las autollamadas “modelos” de mi salón y las ganas que me producen de desarrollar uno. Me controlo y sigo prestando atención a la clase.

Termino el día en la universidad con unas cuantas preguntas y algunas respuestas en mi cabeza, de las que hoy no es importante hablar (entonces no sé por qué lo menciono), voy a almorzar a un restaurante que queda a unas cuantas cuadras, donde no me conquistó precisamente su buena sazón o bajo costo, sino que cumplen mi capricho de darme café con el almuerzo; costumbre, para la mayoría muy extraña, que tengo desde mi casa y me cuesta mucho abandonar.

Con la barriga llena (pero con el corazón igualito) me quedo en Zipaquirá haciendo trabajos con algunas de mis compañeras; la tarde se pasa rápido y vuelvo a la universidad después de tener que pagar recargo por inscribir materias fuera de las fechas establecidas. Mi dificultad para inscribirme este semestre a la universidad tampoco es el tema de este relato; solo voy a decir que, por fin, poder estar segura de mi horario y este fue otro de los momentos buenos de ese día, que me debieron haber hecho sospechar sobre lo que se avecinaba.

Todos mis días tienen que tener un acontecimiento dramático y eso ¡me encanta!

El camino de vuelta hasta la estación de la 63 estuvo más normal que de costumbre, la batería de mi celular resistió para ser uno de los protagonistas de lo que voy a relatar a continuación:

Bajo del bus como acostumbro, intento salir por la calle 62 pero parece una misión imposible, así que me devuelvo y salgo por la calle 60. Es mi costumbre llevar el celular guardado en el bolsillo de adelante, siempre pongo la maleta en frente y con mi mano agarro el cierre de la cremallera para así evitar que me roben uno de mis más fieles amigos. Sonaba la canción 1973 de James Blunt y lo único que sobresalía de la cremallera del morral eran mis audífonos. Me dispongo a cruzar la décima y de repente siento como algo cae en mi cabeza, sospecho que alguien va detrás. Idiotamente mando mi mano hacia mi cabeza y compruebo que mis peores sospechas son ciertas. En el pelo si me cayó algo y no era precisamente una gota de lluvia o el excremento de algún pájaro trasnochador. No puedo describir como hice para sacar esta deducción, aun no lo sé, y mucho menos los motivos que me llevaron a parar y oler la mano para descubrir, con el mayor asco que he experimentado en mi vida, que me habían escupido.

La confusión y el desespero se apoderan de mí y en medio de mi distracción me percato que la canción deja de sonar y solo en ese momento entiendo la razón para que alguien me escupiera, mando rápidamente la mano a mi bolso, que había descuidado por completo, y me encuentro con la del que probablemente me había escupido. Grito y el ladrón se escabulle en medio del trancón de gente que ni se inmuta de la situación. Meto la mano al bolso y descubro de que el intento del hampón fue fallido: mi celular y billetera están a salvo.

Feliz por el infortunio del malnacido (no encontré una grosería más apropiada) pero asqueada y con ganas de «tusarme», continúo el camino hasta mi apartamento, mi cara refleja únicamente un fastidio infinito a toda criatura viviente que se me atraviese en el camino. Llego y antes del café que acostumbro a tomar, me baño en un tiempo no menor a una hora hasta que siento que el asco ha bajado.

Analizo los acontecimientos del día y concluyo que hubiera preferido que la señora de la estación no me respondiera el saludo, haberme ido parada en el Transmilenio dándome golpes en cada frenada estrepitosa, haber estallado un conflicto bélico en la clase de teorías, que no me dieran café con el almuerzo, no haber podido pagar el recibo de la inscripción de materias, que se me descargara el celular y que el día en si me hubiera escupido y no ese «ñero» pero me toca resignarme a contar la historia y agradecer que el intento de robo fue a “escupa en boca” y no a “cuchillo o en mano”.

Asqueroso final.