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Colombia posee un territorio muy extenso y se divide en diferentes regiones, cuya cultura depende del contexto histórico y geográfico en el cual se ha desarrollado cada región. El resultado es la coexistencia de diferentes grupos culturales bajo un mismo sello, el de ser colombianos.


Cada región en particular posee características culturales diferentes y éstas, a su vez, se subdividen en estratos sociales donde también varían las costumbres. Definir este país como pluricultural y multiétnico nos pone en un contexto lleno de mezclas que lo hace más interesante y variado, pero también hace más propensos a sus ciudadanos a las discriminaciones, intolerancias o simples diferencias a la hora de escoger un símbolo representativo de nuestra cultura; por esto, a la hora de  elegir un ícono que nos represente es complicado hablar de uno en particular.

El programa “Los puros criollos”, en capítulos cómo: El aguardiente, La arepa, el tejo o el tamal; invita a analizar cómo algo  que consideramos: “nuestro” nos lleva a recorrer distintos rincones del país, observando que lo que debería ser un sentimiento nacional de orgullo, representación por un hecho o elemento que nos identifique como unidad, genera una diferencia según la costumbre de cada región.

En otros capítulos como: Los reinados, El Renault cuatro, El café, La camiseta, El divino niño y mi favorito: El rebusque, donde no se ven tan marcadas las diferencias regionales, queda mejor plasmado lo que nos identifica: el arraigo profundo a nuestras costumbres así generen diferencias.

El colombiano siempre habla con mucha pasión, acoge: términos, comidas y celebraciones como propias, así éstas provengan de otras regiones o hayan aparecido por sincretismo cultural. Defiende con empeño todo lo que cree suyo, a veces hasta de sus mismos compatriotas.

Por esto no creo que podamos escoger un solo representante de nuestra “colombianidad” ya que esa diferencia entre regiones se convierte en variedad de acentos, palabras, dichos y hasta de como mezclar los ingredientes de la arepa, por ejemplo, y eso es precisamente lo que nos une: el placer de hablar de nuestras regiones como si fuera la mejor, de nuestros platos como los más deliciosos y nuestras costumbres como las más acertadas y demostrar que, aunque todas las regiones pertenecen a un mismo país, cada una de ellas es única.

Hablar y defender las costumbres que nos dejaron nuestros antepasados ante un paisano que aprendió otras no está mal, si se hace de manera constructiva. Sí bien es cierto que cuando llega un extranjero tenemos la costumbre de hablarle de las maravillas de nuestro país y sale a relucir nuestro patriota interno, terminamos también induciéndolo a conversaciones regionalistas, comentándole las diferencias culturales que existen en el país, y muchas veces comentando las disputas que existen entre ciertos departamentos.

La variedad exige respeto y tolerancia. Debemos entender que la extensión de nuestro país y su diversidad nos hace integrantes de una cultura divida en muchas costumbres, si utilizamos estas diferencias para realzar la riqueza cultural de nuestro país en vez de concentrarnos en competencias regionalistas, podemos sentirnos aún más apegados a nuestro sentimiento patriota, sería más fácil evitar confrontaciones y podríamos encontrar más elementos generales que nos identifiquen.

Este es el caso del café: aunque su producción se dé mayoritariamente en algunos departamentos y sea un elemento identificador de una región en particular, a todos los colombianos nos une el orgullo de sentirnos representados a nivel internacional por este y lo convertimos en un elemento unificador. Cualquier colombiano, sin importar si es: “rolo”, “pastuso”, “costeño”, “paisa”, “santandereano, “llanero” o todos los demás, nos podemos sentar a discutir nuestras diferencias en torno a un buen café.