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Nunca olvidaré a Ana María, no recuerdo su apellido pero sí su cara y penetrante olor a marihuana. Era una estudiante, novia (o eso decían)  de uno de los profesores más ancianos de la academia, que tenia largos bigotes y mandaba a todo el mundo a comer mierda cuando amanecía de mal humor.

Era blanca, de ojos claros y grandes, tan grandes, que todo el tiempo parecía sorprendida y daba la impresión de que en cualquier momento atacaría a alguien, era de carácter nervioso e hiperactivo. Sus mejillas eran sonrojadas, extremadamente delgada, característica que aportaba a su imagen de desquiciada; tenia el pelo castaño y demasiado corto, hablaba bajito, tenia una sonrisa amplia, cuando hablaba se le iluminaban los ojos y mostraba mucho los dientes.


Era tan mala actriz que en la vida real parecía loca y en las tablas cuerda. Nunca olvidaré su intento de monólogo de «La divina comedia», fue tan triste que solo pasó una vez a recibir las apreciaciones de la maestra Carmiña; en los ojos de ésta experimentada interprete del teatro de la Candelaria se leía, claramente, la fatiga después de los 45 minutos de ver a Ana María saltar de un lado a otro con la cara pintada de blanco y negro, repitiendo textos (o más bien inventándolos). Dante tampoco estaría satisfecho con las reformas. 

Repetía todas las materias, los profesores decían que por falta de asistencia, la halagaban constantemente por su creatividad y comportamiento artístico, ¿comportamiento artístico?  Si, yo también me sigo preguntando a qué se referían. Siempre me ha molestado el cliché de que los amantes y practicantes del teatro tengan que parecer semidioses, filósofos desgastados, existencialistas o en el peor de los casos locos, para ser reconocidos como «Artistas».

Si yo fuera profesora, le hubiera regalado la materia para no sentir la inseguridad de su presencia. Era como si estando ella presente uno estuviera destinado a morir acuchillado. 

Quizás exagero, pero ésta chica era el referente de locura en la academia, y allí ese era un puesto que debía ganarse con esmero, de pronto por eso ni olvidaré su cara ni recordaré su apellido.