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No voy a mencionar su nombre, quizás muchos de los que conozcan mi historia podrán descubrir a qué lugar en particular me refiero. No lo digo por el respeto que merece pensar en su significado, muchos artistas han pasado por sus corredores y no sé si alguno de ellos tenga mi percepción sobre tan misterioso lugar o se sentirá directamente herido por la descripción de hechos y sentimientos que éste me generó.

Para muchos este sitio es sagrado; para mí, todo lo que el hombre endiose sigue siendo terrenal, así que me atreveré a recordar este nido de alimañas tal y como yo lo percibí.

La primera vez que lo vi fue en su página de Internet, debo decir que luce mejor en fotos, pero no se le puede culpar; para sus habitantes esa atmósfera de antigüedad, nostalgia y descuido de su estructura es más que inspiradora. En él habitan muchos personajes que, aunque se auto proclaman “originales”, parecen todos salidos de un libro de clichés: revolucionarios, artistas, ¡Maestros! y ¿por qué no?: semidioses.

Repetidamente me preguntaba: ¿por qué no me sentía a gusto? Observaba y no dejaba de pensar que todos estábamos allí para lo mismo, pero que no perseguíamos el mismo sueño; ellos notaban mi diferencia, yo sabía que con sus miradas me decían que no iba a durar, me sentía desafiada por sus actitudes. Cada vez que creía estar acoplada, una palabra de un maestro o una actitud de quienes convivían conmigo me demostraban que: aquel escondite donde se supone coexistían las personas más sensibles, no era más que un edificio en ruinas lleno de egos, nutriéndose del descrédito de los otros; que aquellos que debían enseñar el arte fomentaban las envidias, los malos tratos, la prepotencia y la falsa adulación.

Seguramente este contraste era lo que lo hacía tan irresistible: un día querías salir corriendo, odiabas a todo aquel que encontraras por sus pasillos y este sentimiento se confundía con el dolor físico que traía la resistencia que se debe tener para pertenecer; al día siguiente te confundías con los aplausos, la buena música, alguna enseñanza, la fama, unos pasos de ballet y otra vez renacía el amor por ese rincón sagrado, donde todos se sentían intelectuales y hasta yo podía jugar a ser dueña de las artes.

Por estas razones la locura es una constante en sus pasillos donde se confunden el olor a marihuana, la música clásica, jóvenes «desprolijos», uno que otro cartel de próximas obras, el destruido casting de televisión o algún cortometraje pidiendo: “regalados” “vendidos” o “prostitutas”, como se le señala a quien se atreva aceptar en voz alta que no le molestaría aparecer en la “fábrica de salchichas”.

Allí cada cual tiene su ideología, pero todos quieren ser entendidos (y si me lo preguntan: todos piensan lo mismo pero con retórica diferente). Hay quienes hablan con argumentos tan sólidos que los demás solo escuchan, tienen claros los libros, las páginas y las frases intelectuales que sustentan su pensamiento, igual que el  fanático religioso afirma sus principios y te juzga con los versículos de la biblia; pero en el extremo, hay quienes se han dejado consumir tanto por el cliché bohemio, que nunca los encuentras en sus cabales y la verdadera hazaña es intentar entablar una conversación objetiva, sin terminar hablando con palabras rebuscadas, filosofías baratas o involucrando al cielo y a todos sus astros para explicar un pensamiento terrícola.

Fue allí donde reiteré mi afán por observar, analizar y hacer parte de la historia solo para tener el placer de contarla después. Me di cuenta que no es en el único sitio donde me ha interesado estar solo para entender lo que sucede en sus entrañas; en ese lugar reiteré que me quiero ver detrás de las letras que hablan sobre la locura, el amor, la política, la religión, el arte y cualquier tema que me genere tanta pasión como para no poder cerrar los ojos y pensar en blanco, que quiero convivir entre artistas, poetas, músicos, bailarines, políticos o maestros, pero no ser uno de ellos. Prefiero entrometerme en sus vidas,en sus almas; robarles pensamientos que después plasmaré para leer, releer y hacer parte de muchos escenarios, así estos sean tan inverosímiles como el odiado y siempre inolvidable manicomio.